Y al mirar al
frente pasaban aquellas dos mujeres tan rubias, tan diferentes, muestra inequívoca
que yo estaba en un país extraño. Al voltear, encontré a aquel hombre de nariz
espigada, de cabellos castaño y barba descuidada que se ha dejado crecer solo
porque a mí me gusta. Con ese short gracioso, típico de turista en cualquier país
de Latinoamérica, pero que a él le encanta para los climas de calor, y esa manía
hermosa de estar sin camisa o como en esta ocasión, con la camisa totalmente
desabotonada.
Esa camisa, solo puede
ser regalo de una madre, le pregunté y el me lo confirma, pienso dentro de mí
que solo ellas se detienen en la calidad del textil más que en la simple estética. Un estampado fino, minúsculo y adecuado, de un algodón delicado; medianamente en la
libertad que le habían dado, la camisa se distiende al dejarse llevar por esa brisa de mar que acompañaba a la tarde. Esa que empezaba a hacerse gris, frente al mar;
justo cuando yo me deleitaba mirando al hombre por el cual estoy aquí.