Laura, fue una de mis compañeras de esa casa llenas de niña del mundo que quedaba en Almagro, oriunda de tierras cariocas, había sido encantada por la ciudad desde el primer momento, a diferencia de las otras chicas que teníamos una relación agridulce con Buenos Aires. Ella había caído a sus encantos desde que aterrizó su avión proveniente de Sao Paulo y cuando empecé a averiguar dónde recibir clases de tango, también empezó a ir.
Cuando coincidíamos en el living de la casa, nos contábamos anécdotas de las clases, hablábamos sobre lo difícil que resultaba el simplemente sentir y permitir que un otro te lleve, y compartíamos los consejos que nos daba el Sr, Pedro, un adorable señor entre 70 y 80 años, ambas habíamos bailado con el en alguna ocasión.
Él no tomaba clases, simplemente esperaba a que hubiese alguna chica nueva esperando ansiosa a que la sacaran a bailar para enseñarle realmente qué era el tango, coincidimos que en sus manos nos sentíamos como unas agraciadas bailarinas. Sabía dirigir a la mujer. Mas de una vez sus consejos no sólo parecían de baile, sino de vida: " Tenés que esperar, el tango es como el amor, vos no besas a cualquiera, vos besas al que te gusta, y tenés que ser paciente para saber cuando es el momento de rechazarlo o entregarte a sus brazos".
Cuando coincidíamos en el living de la casa, nos contábamos anécdotas de las clases, hablábamos sobre lo difícil que resultaba el simplemente sentir y permitir que un otro te lleve, y compartíamos los consejos que nos daba el Sr, Pedro, un adorable señor entre 70 y 80 años, ambas habíamos bailado con el en alguna ocasión.
Él no tomaba clases, simplemente esperaba a que hubiese alguna chica nueva esperando ansiosa a que la sacaran a bailar para enseñarle realmente qué era el tango, coincidimos que en sus manos nos sentíamos como unas agraciadas bailarinas. Sabía dirigir a la mujer. Mas de una vez sus consejos no sólo parecían de baile, sino de vida: " Tenés que esperar, el tango es como el amor, vos no besas a cualquiera, vos besas al que te gusta, y tenés que ser paciente para saber cuando es el momento de rechazarlo o entregarte a sus brazos".
Conocer la milonga, el tango, el rol paciente de la mujer, la atención profunda a lo que se siente, al mismo tiempos permitir el rol activo, dominante y seductor del hombre, conocer estos códigos y al señor Pedro nos ayudó a entender mucho mas a la ciudad, a su gente y a la pasión tanguera y medio histérica que todo argentino, baile o no, inconscientemente profesa.
La última semana estuvo abarrotada de cosas por hacer, quedaba pendiente el tango, y aunque creía que ya ese lunes no podría ir, al llegar a casa encontré a Laura, le pregunté si iba a clases, me dijo que no, que iba a otra milonga a la cual la había invitado Daniel, el pianista de orquesta de tango que como pasa en Buenos Aires, había conocido de repente y había causado en Laurita una pérdida de control racional que tenía sobre las relaciones, no estaban simplemente saliendo, era mucho mas intenso. Daniel tenía entradas de cortesía, podía ir con ella sin ningún problema así que me apresuré en cambiarme, tomé mis zapatos de taco y salimos a tomar el colectivo que nos acercaría al otro extremo de la ciudad.
Llegamos un poco tarde a una casa antigua en la calle Gorriti, al pasar el recibidor y apartar la cortina esperaba una sorpresa, un lugar íntimo en forma de cúpula, con algunas pocas mesas y a la luz de las velas. El calor absurdo de una noche primaveral, quedó opacado con el sonido de la orquesta, LA ORQUESTA, era magnífico sin contar la estampa de tantos músicos que parecían en trance sobre el escenario, entre los dos cantantes un bandoneonista cautivó mi mirada. Estaba vestido con jean y remera azul celeste, que combinaba de manera perfecta con sus ojos azules que abrían y cerraban frenéticamente al ritmo de los tiempos, para mi era imposible no sentir agrado al ver su disfrute total con cada tema, no sólo lo interpretaba, lo estaba viviendo en su expresión , en sus ojos, en todo el.
Terminó la Orquesta, fuimos por unos fernets, volvimos a la mesa, Laura y yo bailamos con Daniel, yo estaba feliz, sentía que esta podía ser mi última milonga, mi último tango en Buenos Aires, y si había sido en ese lugar tan particular, no podía pedir mas, era perfecto.
Laura se iba con Daniel, yo iba a tomar el colectivo, en la puerta detienen a Daniel, era el bandoneonista que lo saludaba, le preguntaba cómo le había parecido el espectáculo y se nos presentó, después del típico de dónde sos, siguió un: bailás? yo le dije que ya me iba, me dijo: "Bailamos un tango y te dejo ir", cómo decir que no, si lo hacía era ir en contra de lo que realmente quería, un último tango en Buenos Aires con un músico (no porteño) de expresivos y grandes ojos azules, si me negaba, hubiese sido una auténtica boluda.
Primera percepción, este hombre baila el tango como lo toca, me llevaba sin ninguna contrariedad, era fluido como me sentía con pocos, yo era el bandoneón y el estaba haciendo conmigo lo que quería, yo permitía que lo hiciera. Después de la primera vuelta a la pista me estaba haciendo dar pasos que no conocía, a pesar de eso me sentía con gracia, me sentía encantada, ahora entendía lo que puede hacer un hombre seductor que domine el tango, un auténtico argentino.
Terminó, le di las gracias, el me dijo que bailaba muy bien, que si podíamos bailar una pieza mas, siendo totalmente antagónica con lo que quería, le expliqué que me iba con ellos, pues no sabía como regresar a casa (era cierto, siempre me perdía en la con razón llamada ciudad de las furias) me preguntó que dónde vivía, le dije que en Almagro, el me comentó que vivía cerca que si quería lo podía esperar y me llevaba en carro, al voltear Laura se había ido. Evidentemente le dije que si, lo esperaría.
Me senté en una mesa, ya se había ido la mayoría del público, sólo quedaban algunos músicos que se tomaban algo en la barra. Lo veía ir de un lado a otro, cerraba la cocina y recogía los cables mientras una chica evidentemente bailarina de tango retozaba con uno de los cantantes, mientras sonaba un tango electrónico y ellos bailaban insinuantes, o mas que eso, en el centro de la pista bajo la luz del seguidor, parecía casi una escena de flashdance.
El ya no estaba al alcance de mi vista, yo estaba perdida tratando de fotografiar mentalmente lo particular y especial de ese lugar. De la nada, una palma de mano en frente hace caducar a la invitación vebal, con ese código que lo dice todo, me invita a bailar nuevamente, yo no dije nada, simplemente tomé su mano.
Después de dos tangos ya no había ningún rastro de vergüenza los dos queríamos dejarnos llevar por la música y su letra, los pasos se hicieron mas cercanos, las respiraciones mas acompasadas, las torsiones que hacían que yo tuviera que estar en un contacto mas cercano para no caer fluían sin necesidad de abrir los ojos, y aunque la música cambió a una especie de tango electrónico pero con las letras de bebe (cantante española) no nos separábamos entre final e inicio de tema, simplemente hacíamos una pausa mantenida en la misma posición con la cual habíamos finalizado el tema anterior y después de una respiración, al escuchar las primeras notas de la próxima canción,seguíamos bailando.
No quedaba nadie en el lugar, yo como de costumbre no sabía que hora era, y cuando el playlist nos arrojó un tema demasiado latino para bailar por tango nos separamos, el me miró desde aquel otro piso que representa el medio metro que me llevaba de estatura, y abriendo mucho los ojos, dice "WOW, qué bueno bailamos" yo le dije que así era, EVIDENTEMENTE se me coló una sonrisa menos tímida de lo que hubiese querido. Con los ojos chispeantes y una sonrisa de muerte, me lanza, "tenemos que volverlo a hacer" yo le respondo, ahora si, un tímido puede ser, acompañado por las mejillas que sentía totalmente coloradas.
Lo ayudo a guardar su bandoneón y vamos al carro, al montarnos me pregunta, "En Venezuela bailan tango?" yo le digo que si, pero que yo había aprendido en la ciudad, sin rastro de chamuyo por venir me preguntó qué hacía yo, en mi vida? le digo que es un cuento largo, el me dice que le gusta esa respuesta pues el también tenía que hablar mucho para explicar lo que hace, abogado de profesión, músico de vocación, al final, esto no era tan raro en Buenos Aires, lo cual me encantaba, la gente no era sólo su profesión, sino que en los caminos había encontrado muchas otras cosas, no se dejaban definir por una sola.
En el carro conversamos sobre la vida, y lo que pensábamos de algunas cosas, nos sorprendimos muchas veces terminando la frase del otro y riendo luego, era muy poco convencional lo que pensábamos de muchas cosas, y mas raro que ambos pensáramos igual de extraño. Llegamos a casa, le agradecí por la noche y por haberme acercado a casa, me dió las gracias por el tango, y la conversación, suspiró, silencio, me despedí, y salí del carro, nerviosa buscaba las llaves en el hoyo negro que siempre han sido mis carteras, y en eso dice: qué linda que es tu casa, yo le digo que si, lo es, y después de un segundo de silencio los dos íbamos a decir algo en el mismo instante, yo callo, el dice que le agregue al fb, que le gustaría volverme a ver, yo le dije: lo haré.
Esa misma noche lo hice, el me aceptó, al día siguiente me mandó la invitación de otra noche la cual estaría su orquesta en esa misma milonga, pero era para el lunes siguiente de mi partida, realmente a pesar de lo especial por decir lo menos de todo el encuentro no le hablé mas por fb, el tampoco a mi, fue el final ideal de mi temporada tanguera, la última milonga no necesitó nada mas, lo que fue, perfecto es.